Gengis –nacido con el nombre de Temuyín en algún lugar del norte de Mongolia alrededor del año 1162 d. C.– era hijo de Yesugei, jefe de la tribu Borjigin, y sentó los cimientos del imperio contiguo más grande de la civilización, principalmente a base de masacrar a la población civil por Asia central y el norte de China, por lo que su pueblo lo proclamó "gobernante universal". Gengis también estableció la meritocracia y la tolerancia religiosa, prohibió el secuestro y venta de mujeres, abolió la esclavitud y penó con la muerte el robo de ganado.
Antes de cumplir los 10 años, el padre de Temuyín había muerto envenenado y la tribu había repudiado a su familia. Poco después, el muchacho mató a su hermano mayor y se puso al frente de la familia, forjando alianzas y labrándose una reputación de guerrero feroz. A la edad de 20 años, lideraba un ejército de 20 000 hombres con el que se dispuso a unificar a los mongoles. En el año 1205 ya había vencido a todos sus rivales y, al año siguiente, en un cónclave de representantes de las tribus, Temuyín fue proclamado Gengis Kan ("príncipe del Universo"). El chamán supremo incluso lo declaró el representante terrenal de Mongke Koko Tengri (el "Eterno Cielo Azul"), el dios supremo de los mongoles.
Gengis no perdió el tiempo en aprovechar su condición divina y, en 1207, condujo a sus jinetes contra el reino de Xi Xia, al que subyugó dos años más tarde (sobre todo porque no quedaba nadie para oponerse a él). Luego se volvió contra la dinastía Jin en el norte de China, atraído no por sus maravillas científicas y artísticas, sino por los arrozales aparentemente inacabables, con los que podría alimentar al imperio en expansión. Mientras la guerra contra los Jin se prolongaba durante 20 años, Gengis también se movió hacia el oeste y reunió a cerca de 200 000 mongoles para levantarse contra el Imperio corasmio (que abarcaba el moderno Turquestán, Persia y Afganistán), apilando cráneos de hombres, mujeres y niños tan alto que, en el 1221, ya no quedaban más.
Gengis murió en 1227; según dicen, al caer del caballo, pese a ser un consumado jinete.