Cinco veces más fuerte que el acero en relación a su peso, el Kevlar® –más conocido como "poliparafenileno tereftalamida" (por los químicos, al menos)– es una fibra sintética de una resistencia y rigidez excepcionales que ha salvado incontables vidas de innumerables balas. Lo inventó en 1965 Stephanie Louise Kwolek, una investigadora química que trabajó en la empresa DuPont durante cuarenta años. También inventó otras cosas, por supuesto (entró en el National Inventors Hall of Fame en 1995) y ganó muchos premios de prestigio, pero su nombre siempre estará vinculado a los chalecos antibalas.
Nacida de inmigrantes polacos en New Kensington (Pensilvania) en 1923, Stephanie heredó su amor por los descubrimientos de su padre John, naturalista, y su amor por los tejidos de su madre Nellie, costurera. En un momento de su juventud quiso hacerse diseñadora de moda, pero su madre le advirtió que probablemente se muriera de hambre con esa profesión, por lo que Stephanie se convirtió en química. Cuando se licenció en el colegio universitario femenino de la universidad de Carnegie-Mellon, solicitó un puesto como química de investigación en la empresa DuPont. A la inteligente Kwolek le ofrecieron un trabajo y entró en los laboratorios de la compañía en Búfalo en 1946.
Allí se dedicó de inmediato a varios proyectos, principalmente a la búsqueda de nuevos polímeros usando un proceso de condensación que pudiera tener lugar a temperaturas más bajas. De este modo descubrió inesperadamente que, en ciertas condiciones, las moléculas de poliamidas formaban soluciones cristalinas líquidas que se podían hilar y convertir en fibras muy resistentes a la tensión extrema, a la corrosión y a las llamas... el Kevlar®. Kwolek siguió inventando más materiales sintéticos y era titular de 17 patentes de Estados Unidos cuando murió en 2014, muy honrada y bastante acomodada (mejor que la mayoría de diseñadoras de moda, la verdad).