¿Quién no ha oído hablar de Shakespeare? Sus 154 sonetos son la pesadilla de generaciones de colegiales ingleses, y sus 38 obras de teatro se han representado en aldeas, pueblos, ciudades y metrópolis desde hace unos 400 años. A lo largo de su carrera de 20 años como dramaturgo, Shakespeare escribió tragedias y comedias que capturan la gama de experiencias humanas: la codicia, la lujuria, la sangre, la ambición, la traición y la fanfarronería.
No existe constancia escrita de su nacimiento, pero los registros de la iglesia indican que fue bautizado en la Iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford-upon-Avon (un hecho que ese municipio nunca ha dejado que la civilización olvide) en abril de 1564. Era el tercer hijo de John Shakespeare, un comerciante de artículos de piel, y Mary Arden, una heredera de terratenientes. Como hijo de un funcionario –su padre era concejal y alguacil– William habría tenido derecho a una enseñanza gratuita, pero no hay constancia de que alguna vez asistiera a la escuela. Sin embargo, debió de aprender a leer y escribir de alguna manera.
Después de casarse, ser padre y algunas distracciones más, Shakespeare apareció en Londres en 1592, ganándose ya la vida como actor y escritor. Pese la crítica de dramaturgos consagrados como Robert Greene, Thomas Nashe y Christopher Marlowe (o quizás, gracias a estas), a finales de la década de 1590 se convirtió en socio gerente del grupo teatral The Lord Chamberlain's Men (luego, "The King's Men"). Las obras de Shakespeare demostraron ser populares entre la audiencia de Londres y, en 1599, la compañía construyó su propio teatro en la orilla sur del Támesis, The Globe.
La tradición dice que Shakespeare murió el día de su cumpleaños, en 1616, aunque algunos estudiosos desdeñan este detalle. Shakespeare dejó la mayor parte de sus bienes a su hija mayor Susanna y el debate sobre quién escribió realmente sus grandes obras a la posteridad.