Hildegarda –considerada por algunos "la mujer más grande de su época"– fue una abadesa benedictina, filósofa, poeta y compositora litúrgica, botánica y herbolaria, erudita, mística (tuvo visiones del ser humano como "chispa viva" del amor de Dios) y, en su momento, santa. Nació en 1098, hija de un modesto caballero, Hildeberto de Bermersheim. A los ocho años, cuando dijo haber tenido visiones, la familia la envió al monasterio de Disibodenberg, donde sería instruida por la "bendita Jutta" durante la década siguiente. Cuando cumplió 18, se ordenó monja.
Alrededor de 1136, sus hermanas de la orden la eligieron magistra ("maestra"), y en 1165 fundaría su propio monasterio en Eibingen, siguiendo la tradición celta de acoger tanto a hombres como a mujeres (eso sí, en dependencias separadas). Además de sus obras espirituales en las que detalla sus visiones y habla de teología, sus composiciones musicales y poemas, sus deberes organizativos y su voluminosa correspondencia (nos han llegado unas 300 de sus cartas), experimentaba en el jardín de hierbas y en la enfermería del monasterio. A medida que adquirió conocimientos prácticos de diagnosis, prognosis y curación, Hildegarda empezó a mezclar los tratamientos físicos con aplicaciones holísticas centradas en la "sanación espiritual". Detalló todos sus hallazgos y prácticas –junto a una gran dosis de teología– en dos voluminosos libros.
El primero, "Physica", se compone de nueve capítulos en los que describe las propiedades científicas y medicinales de diversas plantas, piedras, peces, reptiles y mamíferos. El segundo, "Causae et curae", es una exploración del cuerpo humano, de su relación con el mundo natural y de los remedios para las diversas dolencias que lo afligen. Pese al misticismo que impregna estas obras, se convirtieron en referentes en la medicina que llegaron utilizarse mucho después de que muriera, en 1179.