Raro es el conquistador cuyo nombre resuena durante milenios. Más raro todavía es el estratega que es igual de hábil en el campo de batalla y en la palestra política. Y extraordinario es el gobernante que regalaría un imperio voluntariamente. Solo Chandragupta Maurya pertenece a estos tres grupos.
Chandragupta nació en algún momento en el siglo III a. C. en lo que era la zona Magadha de la India, pero sus primeros años de vida siguen siendo un misterio. Aunque algunos relatos hablan de su relación con una familia de una noble tradición guerrera, los relatos griegos los contradicen y afirman que nació plebeyo. Pese a esta confusión, Chandragupta se labró rápidamente una reputación como hombre inteligente y carismático, tanto que el gran Chanakya decidió convertirse en su mentor. Con el apoyo y asesoramiento del legendario político y filósofo, Chandragupta se formó intensivamente en política, arte y tácticas militares.
La educación de Chanakya tenía un propósito singular, pues este esperaba que su discípulo fuera capaz de plantar cara a la dinastía Nanda, un gobierno que la gran mayoría consideraba corrupto. Chandragupta demostró ser digno de la confianza de su tutor, pues pronto formó un ejército. Hacia el año 322 a. C., derrocó a los Nanda, se proclamó gobernante del reino de Magadha y fundó la dinastía Mauria.
Chandragupta jamás sentó cabeza. Pronto volvió la mirada hacia las tierras que conservaban de manera ostensible los poderosos estados sucesores de Macedonia. Aunque Alejandro Magno había perecido antes de que el rey mauria subiera al trono, su conquista del valle del Indo dejó a las satrapías locales bajo el control de Macedonia. Al parecer, Chandragupta se oponía y recuperó las tierras conquistadas, se anexionó el Punjab y siguió avanzando hasta presionar contra las fronteras de Persia y el flanco oriental de Seleuco I Nicátor, basileo del recién formado Imperio seleúcida y compañero del mismísimo Alejandro.
La guerra mauria-seleúcida, que duró del 305 al 303 a. C., terminó con la cesión por parte de Seleuco de las satrapías indias de Macedonia al rey mauria. Para demostrar que no guardaba resentimientos contra él y consciente de que Seleuco estaba más preocupado por los estados sucesores rivales que tenía al oeste y el sur, Chandragupta le dio 500 elefantes de guerra al basileo, un regalo perfecto para casi cualquier ocasión.
En suma, el imperio de Chandragupta abarcó desde el moderno Afganistán hasta el sur de la India. Sin embargo, la conquista no era el único punto fuerte de Chandragupta. A lo largo de su reinado, demostró ser un regente astuto que cuidaba mucho de su pueblo... o al menos, lo bastante astuto como hacer ver que cuidaba de este con sus obras. Construyó carreteras, sistemas de riego y amplió las rutas comerciales para mejorar la vida de su pueblo. También tuvo la astucia de asegurarse la lealtad de sus soldados proporcionándoles lujos y criados en las guarniciones.
Chandragupta conoció al sabio Bhadrabahu cerca del final de su vida, y este le enseñó los preceptos del jainismo, una religión atea que promueve la iluminación espiritual y el pacifismo mediante una vida ascética. Siguiendo este nuevo código, Chandragupta abdicó y le cedió el trono a su hijo, Bindusara. Buscó la iluminación y fue en peregrinación a una cueva del sur de la India. Allí meditó hasta la muerte, cumpliendo su objetivo final de pureza espiritual, y renunciando a todo, literalmente: su trono, su reino, sus riquezas e incluso a la comida.
Sin embargo, la muerte de Chandragupta no fue el final de su dinastía. El Imperio mauria duraría otro siglo. Inspirados por sus gestas, los sucesores de Chandragupta –especialmente su nieto, Ashoka– siguieron su ejemplo de combinar expansión e iluminación espiritual.