El legado de Ambiórix pervive a través de los "Comentarios a las guerras de las Galias" de César. Si bien su vida temprana y lo que sucedió después de lo que explica César se ha perdido en la historia, su nombre sigue vivo, o al menos su título, ya que Ambiórix no es un nombre sino un epíteto que significa "rey rico" o "rey en todos los sentidos".
Ambiórix era cogobernante de la tribu de los eburones de la Galia, la actual Bélgica. Compartió su reinado con Catuvolco, el líder más anciano de la tribu. Aunque este era mayor (y quizá más sabio), siguió los dictados de Ambiórix en lo relativo a lidiar con la ocupación romana de la Galia. Después de que Julio César derrotara a los señores galos de los eburones, estos y los romanos mantuvieron relaciones relativamente buenas: la intervención romana debilitó a las tribus más grandes y devolvió rehenes a los eburones. Incluso Ambiórix se benefició de manera directa, ya que algunos de los regresados eran miembros de su familia.
Pero los romanos seguían siendo una fuerza invasora de las tierras galas. La paciencia de Ambiórix se agotó cuando llegó el invierno y los romanos exigieron que las tribus entregaran parte de sus alimentos para abastecer a las guarniciones romanas, pese a que sabían que había escasez debido a una sequía. Induciomaro, un camarada y jefe de una tribu cercana, decidió al fin que hasta los romanos amigos eran demasiados romanos e instó a Ambiórix y otros galos a levantarse contra la ocupación.
Los dos reyes atacaron la guarnición romana que estaba al mando de Sabino y Cota. Pero los galos no sabían luchar contra un campamento fortificado. Ambiórix se dio cuenta de que no derrotaría a los enemigos en combate directo. Tendría que usar otra táctica. Fue a las puertas y solicitó negociar con los comandantes romanos. El galo, que era un mentiroso consumado, hizo una gran actuación. Afirmó sin tapujos que no había sido idea de él atacar, que era líder de una pequeña tribu y que lo habían obligado a la fuerza; los romanos lo entenderían, ya que habían ayudado a liberar a parte de su gente de esos terribles abusones en el pasado. Su propia gente también lo presionaba para pelear, así pues, ¿qué debía hacer un rey? Ambiórix advirtió a los comandantes de un ataque inminente. Se acercaban los germanos, los avisó, y esa pequeña guarnición no podría enfrentarse a aquellas fuerzas, mucho más numerosas. Ambiórix les aconsejó que abandonaran la guarnición para reunirse con sus aliados en otro lugar y les prometió paso franco por sus tierras, de camino.
Los romanos se tragaron el cuento de Ambiórix. Pensaron que la posibilidad de que los engañara era baja, ya que la tribu de los eburones era muy pequeña: ¿por qué un ratón querría atacar a un león? Se prepararon para partir y dirigirse hacia otra guarnición. Mientras tanto, el caudillo galo dispuso su ataque y les tendió una trampa en un barranco del camino que sabía que tomarían. Y, en efecto, los romanos dejaron la fortaleza al amanecer y siguieron el camino que Ambiórix había predicho, con la guardia baja, ya que creían que el ejército hostil más cercano eran aquellos "germanos" aún lejanos de los que les había hablado el galo. Se equivocaban.
Ambiórix esperó a que la mitad de las fuerzas romanas hubieran pasado por el barranco y comenzó el ataque. Lanzó descargas de jabalinas contra los soldados y, cuando Sabino se dio cuenta de lo que sucedía, ya era demasiado tarde. Pidió hablar con el rey, quien le prometió paso franco solo si iba al campamento galo. Pero se ve que Sabino no había aprendido la lección: Ambiórix lo mató nada más llegar. Algunos supervivientes de la emboscada huyeron a la fortaleza pero, sin los efectivos necesarios para defenderla, se suicidaron para evitar que el enemigo los matara o capturara. Los demás supervivientes escaparon a una guarnición cercana y avisaron al comandante de la traición de Ambiórix. Aun así, la noticia no pareció extenderse al resto de romanos (es decir, al comandante romano Cicerón).
Ambiórix y sus tropas mataron a las fuerzas que se encontraban fuera del campamento de Cicerón. Sin embargo, una vez más, los muros frenaron al rey galo. En lugar de seguir atacando las puertas, decidió intentar engañar al comandante como hiciera antes. Pero esta vez no funcionó. Cicerón declaró que no era propio de los romanos aceptar los términos del enemigo y, mientras la situación se estancaba, envió a un emisario en busca de ayuda en secreto. En poco tiempo, Julio César había partido para enfrentarse a Ambiórix.
Esta vez, la trampa la tendieron los romanos. Ambiórix todavía se encontraba exultante tras la victoria anterior y, cuando vio el "pequeño" ejército de César, se envalentonó y atacó. Los hombres de César parecían reacios a luchar, y el fuerte que habían construido era pequeño. El rey galo ordenó atacar, solo para encontrarse con la sorpresa de que el "pequeño" fuerte había ocultado una gran fuerza de caballería. La mayor parte del ejército galo quedó aniquilado, y él evitó por poco que lo capturaran. Ambiórix desapareció por la frontera germana, llevando consigo solo a algunos de sus hombres de mayor confianza. Nunca se supo más de él.
Por desgracia, César no se tomó muy bien que le arrebataran la satisfacción de matar a Ambiórix. Tampoco toleraba la rebelión o el engaño (al menos los ajenos, claro). Destruyó a los eburones con una combinación de represión militar y corte de las líneas de suministros galas que llevó al límite a la tribu, hasta el punto que el único rey que les quedaba, Catuvolco, se envenenó, lo cual puso fin a los restos de la abandonada tribu.