El Greco escribió una vez: "Pinto porque los espíritus me susurran frenéticamente dentro de mi cabeza".
Nacido con el nombre de Doménikos Theotokópoulos alrededor de 1541 en Creta, a los veintitantos años viajó a Venecia para estudiar con Tiziano. Bajo su tutela, Doménikos comenzó a dominar los fundamentos de la pintura renacentista: la perspectiva, los colores, la forma humana y la representación de escenas detalladas. De Venecia se fue a Roma, donde residió y trabajó en el palacio del cardenal Alejandro Farnesio, un diplomático influyente y avezado de la Santa Sede. En 1572, el Greco (fue en esta época que cambió su nombre por uno más comprensible para los italianos) montó su propio estudio, pero no tuvo mucho éxito y partió a España en 1576.
En Madrid no pudo conseguir el mecenazgo real de Felipe II y por ello se trasladó a Toledo. Allí lo contrataría Diego de Castilla, deán de la catedral de la ciudad, para crear un conjunto de obras para la iglesia. Durante las tres décadas siguientes, el Greco refinó su estilo, sus pinturas marcadas por las representaciones exageradas y distorsionadas de seres humanos, produciendo obras emblemáticas como "Las lágrimas de san Pedro" (1582), "El entierro del conde de Orgaz" (1588), "La adoración de los pastores" (1599) y la "Visión del Apocalipsis" (1614).
Su estilo y temas emocionales expresan vívidamente la pasión de la Contrarreforma en España. Su trabajo subrayó con imágenes de gran fuerza la importancia de los sacramentos, la Virgen y los santos. Sus pinturas posteriores, de una intensidad inquietante, influirían en centenares de artistas durante siglos, desde los cubistas a los expresionistas alemanes pasando por los impresionistas abstractos. Murió en Toledo en 1614. Tras su muerte, cayó en el olvido hasta que fue redescubierto en el siglo XIX, cuando fue proclamado "profeta del arte moderno".