El famoso poeta alemán Johann von Goethe resumió su trabajo y su vida de este modo: "La buena Angelina tiene un talento más que notable, insólito, para ser una mujer...". Angelica Kauffmann fue una niña prodigio, viajó mucho, pintó retratos de la aristocracia inglesa, se hizo inmensamente popular y bastante rica, abanderó el movimiento neoclásico, entró en la Academia de San Lucas de Roma y fue una de las dos féminas que ayudaron a fundar la Real Academia de Inglaterra en 1768. Unos logro muy notables, la verdad.
Angelica Katharina Kauffmann nació en octubre de 1741 en Chur, Suiza; su padre, Johann Josef, era un pintor de murales de iglesia de modesto éxito. En cuanto fue capaz de coger un trozo de tiza, Angelica comenzó a dibujar, copiando la colección de láminas de su padre. Johann reconoció su talento y comenzó a enseñarle diversas técnicas de dibujo y pintura. Al parecer, a los 11 años, la joven pintó, el que sería su primer encargo, un retrato del obispo de Como.
La reputación de Angelica fue aumentando a medida que la chica crecía y recibía cada vez más encargos de los ricos y famosos de la época. En 1760, Johann se trasladó con la familia a Milán porque quería que su hija estudiara las pinturas de los maestros del Renacimiento. Pero Angelica empezó a acariciar la idea de hacer carrera en la ópera; sin embargo, un amigo de la familia les advirtió de que la ópera era un lugar peligroso lleno de gente sórdida que la llevaría a una vida de pecado. Así, a instancias de su padre, Angelica eligió la pintura.
En 1766, Angelica se trasladó de Roma a Londres, donde su fama la precedía. Se vio abrumada por los encargos e incluso recibió una visita personal de la princesa de Gales, con lo que Kauffmann se convirtió en una celebridad en la corte y todos los snobs de Inglaterra quisieron que los pintara. Durante los 16 años siguientes, llegó a ser aclamada como la mejor retratista de su edad. Finalmente, regresó a Italia y murió en Roma en 1807.