Rodrigo Díaz de Vivar –conocido como "El Cid" (del árabe as-sid, que significa "señor")– ha trascendido la historia para convertirse en leyenda, como algunos líderes militares más. Y, al igual que todos los liberadores legendarios, quiso "soñar lo imposible" y "luchar contra un enemigo invencible".
El padre de Rodrigo era miembro de la pequeña nobleza castellana, pero fueron las relaciones de su madre las que permitieron que el chico se criara en la casa del primogénito del rey, el futuro Sancho II. Cuando Sancho subió al trono en el año 1065 d. C., nombró a Vivar –que tenía 22 años– armiger regis (armígero real, una especie de escudero). En 1067, Rodrigo acompañó a Sancho en una campaña contra el reino moro de Zaragoza para convertirlo en tributario de Castilla. Ese mismo año, Sancho inició una campaña para arrebatar el reino de León a su hermano Alfonso VI. Aunque la leyenda representaría al Cid (el apodo que le dieran los moros en Zaragoza) como un seguidor reacio a este ataque, es poco probable que tuviera escrúpulos de verdad, ya que ciertamente se distinguió en la guerra que siguió. Pero, cuando Sancho murió en el sitio de Zamora, el Cid cambió rápidamente sus lealtades y se casó con la sobrina de Alfonso.
Sin embargo, las cosas no fueron bien en la corte; aunque los defensores del Cid lo retrataran como una víctima inocente de la connivencia de los nobles, es muy probable que fuera la arrogancia de Rodrigo lo que finalmente lo obligara a exiliarse de León. Ofreció sus servicios a los gobernantes musulmanes de Zaragoza y sirvió lealmente al califa y a su sucesor durante una década contra Lérida y sus aliados cristianos, especialmente de Barcelona y Aragón. Llegado el año 1086 y la gran invasión almorávide del norte de África, Alfonso se tragó su ira e hizo llamar al Cid. Cuando al fin terminó el asedio de 18 meses de Valencia, el Cid entró como vencedor, hizo quemar vivo al anterior rey y se trajo un obispo francés. Su gobierno fue ecuánime, sin favorecer a cristianos ni musulmanes, hasta su muerte en 1099.