La galera –una nave de poco calado, con un casco estilizado y una cubierta mínima que iba propulsada a remos– fue la primera embarcación (o barco, si es grandiosa) dedicada a la guerra. Aunque la mayoría tenía velas en un solo mástil para ayudarse a navegar, las galeras iban propulsadas principalmente por el sudor humano. Estas naves solían permanecer en aguas poco profundas cerca de la costa, al no ser especialmente marineras. Pero constituyeron el pilar de las primeras armadas fenicias, griegas, cartaginesas y romanas del Mediterráneo... así como de las de los piratas bárbaros de todas partes. En un inicio, solo llevaban arqueros y lanceros para los combates cuerpo a cuerpo en el mar, pero, al final, se añadieron a su armamento arietes, catapultas e incluso cañones, lo cual las hizo útiles hasta inicios de la Edad Media. Sin embargo, con el tiempo, la galera –y todos sus descendientes, los birremes, trirremes, dromones, etc.– se volvieron obsoletas debido a la aparición de los buques de guerra a vela, que eran más maniobrables (y más grandes). Y no necesitaban un grupo de remeros sudorosos y rezongones.