La evolución del dreadnought que dominó los mares de principios del siglo XX fue el acorazado. Era mucho más grande, más rápido, con armas mayores, un blindaje más grueso y capaz de hundir cualquier otra cosa que flotara (incluidos otros acorazados) de una sola andanada. Los primeros acorazados "de verdad" en combatir aparecieron en Jutlandia en el año 1916, donde –con una mezcla variada de dreadnoughts y cruceros de combate– los alemanes y británicos lucharon para quedar en tablas. En los años de entreguerras, el acorazado se convirtió en el coloso del imaginario popular, pese a que el Tratado Naval de Washington de 1922 y otros acuerdos internacionales intentaron limitar su tamaño y armamento. La Segunda Guerra Mundial no solo fue la edad de oro del acorazado –y los mejores de ellos navegaron en esos tiempos difíciles: el Bismarck, el Hood, el Arizona, el Yamato y el Missouri, entre muchos otros– sino que además fue testigo de su desaparición. Al final de esta, los aviones de combate, los submarinos, los misiles guiados por radar y otras maravillas tecnológicas habían relegado a los acorazados a la condición de baterías flotantes costeras y atracciones oxidadas para turistas.