Sordo aunque brillante, maldecido con una vida infeliz y cada vez más enfermo, Ludwig van Beethoven, favorito de los conocedores musicales de todo el mundo, compuso sonatas, cuartetos, conciertos y sinfonías innovadores a pesar de esos obstáculos. Nació en diciembre de 1770 en Bonn, y comenzó a aprender música de su padre, el músico más eminente de la ciudad... con un cierto vigor. Su progenitor era un maestro de capilla estricto, y pegaba al pequeño por cada vacilación y error que cometía. El joven Beethoven fue azotado a diario, encerrado en el sótano y obligado a practicar durante horas sin descanso. Pero llegó a dominar el violín, el clavecín y el órgano y dio su primer recital público en 1778.
En 1784, cuando su padre ya no era capaz de mantener a la familia, Ludwig consiguió una plaza como organista auxiliar en la corte por el modesto sueldo de 150 florines al año. En 1787, para ampliar su experiencia musical, la corte lo envió a Viena, donde tuvo un encuentro fugaz con el célebre Mozart. Pero pasadas solo unas semanas, Beethoven volvió a Bonn porque su madre había enfermado. Durante los años siguientes, su fama creció entre los ricos y la élite. Con los ejércitos napoleónicos arrasando los estados alemanes, acabó trasladándose a Viena, ciudad en la que permanecería hasta su muerte. Allí estudió piano con Haydn, lírica con Salieri y contrapunto con Albrechtsberger.
Considerado un virtuoso del piano, pronto consiguió un gran número de mecenas. Esto le dio al fin los medios para dedicarse a componer y, en 1795, estrenó su primer concierto para piano, el "Concierto en do mayor". En 1800 debutó con su Primera Sinfonía. Ya encarrilado y recibido con elogios por la belleza de sus obras, Beethoven produjo nueve sinfonías, 32 sonatas para piano (y diez para violín), 16 cuartetos de cuerda, así como música de cámara y obras corales. Murió en 1827 y el mundo lloró su pérdida.