Franz Liszt fue un niño prodigio –al menos, en cuanto a música se refiere– que a los 9 años ya actuaba en las salas de conciertos de su Austria-Hungría natal. En el momento de su muerte por neumonía, a los 74 años, había compuesto más de 700 obras y se dice que es el pianista con mejor técnica de todos los tiempos.
El padre de Liszt, que era secretario del príncipe Esterházy, solicitó y obtuvo permiso para llevar a su hijo a Viena, donde nada menos que el compositor Antonio Salieri se convirtió en valedor del genio musical del niño. Durante varios meses, el joven Liszt realizó allí conciertos privados para los ricos y la nobleza. Quizás su exhibición más asombrosa fuera la habilidad que demostró para improvisar una composición musical sobre la marcha a partir de cualquier melodía que le sugiriera un miembro del público. A los 12 años lo llevaron al conservatorio de París en un intento fallido de que lo admitieran.
En 1826, cuando tenía 15 años, su padre falleció y la familia atravesó tiempos difíciles, teniendo que compartir un apartamento diminuto en París. Liszt, deprimido, perdió al parecer el interés por la música durante un tiempo y se dedicó a leer profusamente, especialmente sobre arte y religión. Pero en 1833, ya recuperado de su depresión, se puso a componer de nuevo y debutó con su primer nuevo trabajo, al que pronto siguieron otros. También volvió a los recitales públicos, y se hizo famoso en toda Europa por su habilidad; además, su reputación se vio reforzada porque donaba gran parte de sus ingresos (las entradas para los conciertos no eran más baratas entonces que ahora) a organizaciones benéficas y causas humanitarias.
Liszt siguió viajando, interpretando y componiendo hasta su muerte en Bayern, en 1886.