Aunque se ordenó sacerdote en 1703, Antonio Lucio Vivaldi optó por seguir su pasión por la música en vez de seguir a Dios. Nacido en marzo de 1678 en Venecia, se convirtió en un virtuoso del violín, un maestro respetado y un compositor prolífico. Como hijo de un violinista profesional y profesor de música, parecía predestinado a que lo reconocieran como el mayor compositor del Barroco, creador de cientos de obras maestras.
A pesar de que no abandonó los hábitos –de hecho, se le conocería como "Il Prete Rosso" ("el cura rojo") durante toda su vida (y un poco más)–, ciertos problemas de salud le impidieron llevar a cabo cometidos sacerdotales como oficiar misa. En vez de ello, a los 25 años fue nombrado maestro de música en el Ospedale della Pietá, un orfanato en el que enseñó a los niños a tocar todo tipo de instrumentos. Allí, durante los 30 años siguientes, Vivaldi compondría sus obras más importantes: música coral, conciertos, cantatas y óperas (de las que nos han llegado alrededor de 50). Sus estudiantes de más talento montaron una orquesta para tocar sus obras; en 1716, esta ya se había ganado el reconocimiento internacional.
Aunque honrado con el título de caballero por el emperador Carlos VI, la notoriedad de Vivaldi no se tradujo en dinero, por lo que en 1730 partió de Venecia para ir a Viena y Praga. Tal vez esperaba encontrar un mecenas rico, pero la repentina muerte del monarca lo dejó destrozado. Pese a algunos encargos, murió siendo casi un indigente en Viena en 1741. Fue enterrado en una tumba sencilla, en un funeral al que pocos asistieron y sin música.