James Watt, ingeniero mecánico escocés e inventor incansable, nació en Greenock en enero de 1736, hijo de un próspero ingeniero naval y de una madre con una gran formación. Ella se encargó de educarlo en casa, pero la mujer murió cuando el chico tenía 18 años. Dejó a su padre enfermo para estudiar fabricación de instrumentos en Londres y regresó un año después a Glasgow para hacer fortuna en su propia compañía. Allí se ganó cierta reputación construyendo y reparando instrumentos de astronomía para la Universidad de Glasgow. Cerca de 1764, le dieron a Watt una máquina de vapor Newcomen para que la reparara, y quedó fascinado por el potencial de esta energía.
Watt pensó que el diseño de la Newcomen, que llevaba utilizándose más de 50 años para bombear agua de las minas, estaba desfasado, era completamente ineficiente y poco fiable. En 1769, recibió su primera patente por las mejoras introducidas en ella. Posteriormente, en 1775, Matthew Boulton de Birmingham se asoció con Watt para crear la empresa Boulton & Watt, que pronto se convertiría en la firma más importante de "ingeniería" inglesa y suministraría maquinaria para satisfacer la ingente demanda de las fábricas textiles y de algodón, los molinos de papel y de harina y las siderurgias, así como de destilerías, canales y obras hidráulicas. En 1800 ya tenía una fortuna inimaginable, y Watt se retiró para dedicarse a la investigación, inventando la máquina de vapor rotativa, el motor de doble acción y el indicador de presión del vapor. Cuando murió en 1819, seguía inventando.
Tan esencial fue su papel en la civilización industrial que la unidad de medida de la potencia mecánica (y posteriormente, la eléctrica) –y que se define como julios por segundo– lleva su nombre, quizás el mayor honor que se le pueda rendir a un ingeniero.