Alexandre Gustave Eiffel fue poco conocido fuera de Francia durante su vida, a pesar de los casi dos millones de visitantes que subieron y bajaron la torre Eiffel, inaugurada durante la Exposición Universal de París de 1889. Sin embargo, Eiffel –nacido en Dijón en diciembre de 1832– se convirtió en uno de los ingenieros más famosos de la civilización, publicó unos 31 libros y fue un nadador y un esgrimista consumado hasta los 80 años. En una época en la que los sofisticados consideraban a los ingenieros poco más que obreros harapientos con roña en las uñas, Eiffel era culto (tenía una gran biblioteca), educado y capaz de quedar bien en cualquier compañía... ya fueran obreros, académicos o ricos.
Eiffel empezó su carrera profesional en una firma francesa dirigida por Charles Nepven, que finalmente sería comprada por una empresa de ingeniería belga, en la que construyó sus puentes característicos, en especial el de hierro fundido y de casi 500 metros que atraviesa el Garonne, cerca de Burdeos. Pronto pasó a centrarse en los edificios; entre otros, el vestíbulo de la Galería de las Máquinas para la Exposición de París de 1889, para el que desarrolló arcos y armazones de hierro ligeros (relativamente) e innovadores.
Después de haber diseñado la estructura de hierro de la Estatua de la Libertad (las autoridades francesas temían que los vientos de Nueva York la tumbaran), parecía destinado a que le asignaran la construcción de la pieza central de la gran exposición. Aunque ya era muy famoso en Francia, una serie de escándalos lo obligaron a dimitir en 1893 como presidente de su propia compañía. Se construyó un estudio en la torre Eiffel, donde durante el resto de su vida tuvo tiempo para dedicarse a otras inquietudes, entre ellas la meteorología y las comunicaciones. Murió en paz en su casa en 1923.