Zoroastro nació en el seno de una "familia sacerdotal", siendo descendiente directo de la línea real de Manushcihar. La leyenda cuenta que, tras nacer, se echó a reír en lugar de llorar cuando el dios Ahura Mazda descendió del cielo para darle la bienvenida. Su mensaje era sencillo: llevar una vida moral que allanara el camino a la felicidad eterna... y seguir las doctrinas monoteístas del dios de la justicia, Ahura Mazda.
A los 16 años, Zoroastro ya era indiferente a todos los placeres mundanos... algo milagroso para un adolescente. Cuando tuvo 20, se fue de casa para llevar una vida de pobreza y virtud y predicó por todas partes, no solo por las ciudades del antiguo Irán, sino también por bosques y montañas. Tras pasar mucho tiempo meditando y reflexionando, en la cima del monte Sabatham comulgó con su dios y gozó de siete visiones proféticas divinas (o tal vez las sufrió). Durante el resto de su vida, Zoroastro tendría conversaciones con los "inmortales benéficos" (arcángeles), conquistó a Ahriman, el Satanás del zoroastrismo, y compuso los "Gathas", 17 himnos que explicaban las esencias divinas. Todo esto alrededor del año 600 a. C., según autores como Plutarco y Diógenes.
También se enfrentó a los seguidores de diversos cultos, los kavis y los karpanes. Sus sacerdotes pusieron a Vishtaspa, el rey de Irán, en contra de Zoroastro. Pero cuando este no murió de hambre en la cárcel –a pesar de no recibir alimentos– debido a la intercesión de su dios, el rey vio la luz. Y más cuando el profeta salvó la vida de un caballo negro que era muy querido del monarca. La conversión de la familia real desencadenó en una guerra con el reino vecino de Tūrān que duró varios años. Mientras, Zoroastro murió en manos de un tal Bratrok-resha, un turanio, mientras rezaba en el templo del fuego de Nushadar.