Antes de que Martín Lutero pusiera la civilización cristiana patas arriba, el catolicismo era la única alternativa. Los que no estaban de acuerdo morían quemados en la hoguera... o algo peor. Pero este hombre puso en marcha él solo la Reforma en el siglo XVI cuando clavó sus 95 tesis en la puerta de una iglesia alemana. Y la fe nunca volvió a ser la misma (al menos, no en Occidente).
Martín nació en Sajonia en noviembre de 1483, y sus padres esperaban de él que se convirtiera en funcionario. En 1501 ingresó en la universidad de Erfurt y recibió el grado de bachiller y, posteriormente, el de maestro tras estudiar gramática, lógica, retórica y metafísica... todas, habilidades de funcionario. Sin embargo, en 1505 se vio atrapado en una tormenta horrible y prometió a Santa Ana que se metería a monje si sobrevivía. E hizo ambas cosas. Los primeros años de vida monástica fueron difíciles, y fue incapaz de encontrar la iluminación religiosa pese a que se pasaba el día orando. Le molestó particularmente la inmoralidad, la venalidad y la corrupción que presenció entre el clero católico.
Al salir de la orden de los agustinos, pese a ser ordenado en 1507, Lutero se matriculó en la universidad de Wittenberg, donde se doctoró en teología en 1512. Entró en la facultad de teología poco después y se pasó el resto de su carrera allí. Siendo ya de carácter polémico, cuando el papa León X anunció una nueva ronda de indulgencias en 1517 para ayudar a construir la basílica de San Pedro, Lutero se indignó y escribió sus famosas noventa y cinco tesis. Estas ofrecían una crítica devastadora de las prácticas corruptas de la Iglesia, y las clavó en la puerta de la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg para que todo el mundo las viera. Muy pronto, con la ayuda de ese nuevo artilugio llamado imprenta, las tesis se extendieron por toda Europa.
Aunque Lutero no tuviera ninguna participación en el derramamiento de sangre y el sufrimiento consiguientes, fue excomulgado por la Iglesia católica en 1521 tras negarse repetidamente a retractarse de su herejía. Murió bajo arresto domiciliario, aunque seguía siendo decano de teología en la universidad, en 1546.