Lao-Tse –supuesto autor del Tao Te Ching y por ende "fundador" del taoísmo– era originario de la región de Hu en el estado de Chu y nació en el siglo V a. C. (al menos según las "Memorias históricas" de Han Sima Qian, escritas alrededor del 100 a. C.). Confucio lo veneraba, por tanto vivió antes que el filósofo, y más tarde se le adoraría como antepasado imperial durante la dinastía Tang. El resto que se sabe de él es leyenda... que siempre es más divertida.
Según ella, Lao-Tse fue nombrado "archivero" –un erudito especializado en la lectura de vísceras y la adivinación– en la corte real de la dinastía Zhou. Pero pronto se marchó debido a la "decadencia moral" de los Zhou y, finalmente, llegó al Paso de Shiangu, hacia el oeste. Ahí, Yinxi, el legendario guardián del paso, le rogó que escribiera un libro. De este modo, Lao-Tse dejó sus creencias sobre el Tao (el "Camino") y el Te (la "virtud") en dos partes de 5000 caracteres. Tan impresionado quedó Yinxi que pidió que lo aceptara como discípulo. Y así comenzó el taoísmo.
Después de eso, Lao-Tse partió... y "nunca más se volvió a saber de él". Hay historias que lo sitúan en el estado de Qin, escribiendo e impartiendo enseñanzas sobre el Tao. Como los antiguos chinos sostenían que un hombre superior podía vivir mucho tiempo, hay rumores de que llegó a los 129 años y adoptó el nombre de "Tan" para ocultar su verdadera identidad y poder meditar durante la vejez sobre la dicotomía del Yin y el Yang sin que lo incordiaran los aspirantes a estudiantes. Otras historias sitúan sus viajes más hacia el oeste y sostienen que él fue el verdadero Buda. Cualesquiera que sean los hechos de sus últimos años, los ecos de su misticismo siguen resonando, a veces como una moda, entre los ricos occidentales.