Cada fe tiene sus inquisidores, aquellos encargados por orden de su iglesia de señalar a los infieles, los falsos conversos y las malas influencias entre el rebaño. Pero fue en Europa donde este cometido alcanzó su mayor expresión, ya que la Iglesia católica durante la Edad Media y el Renacimiento hizo lo posible para asegurarse de que todos los judíos, musulmanes y protestantes –por no hablar de científicos, artistas y filósofos– no corrompieran a los fieles. Los inquisidores católicos estaban en la primera línea de esta batalla y prohibieron y quemaron libros y se deshicieron de los herejes, todo en el nombre del Señor. En algunos casos, con el apoyo del gobierno secular, como en la España de Isabel o el Sacro Imperio romano, legalizado por la bula papal "Ad extirpanda" en 1252. A pesar de sus excesos sí que se puede decir, sin embargo, que los inquisidores mantuvieron la fe... fuera la que fuera.