En cuanto hubo aldeas, hubo comerciantes. Al principio utilizaban pobres brutos –caballos, mulas, camellos, llamas, hombres– como bestias de carga para transportar joyas, metales preciosos, especias y cualquier otra cosa que les reportara ganancias a las aldeas lejanas. Toda tierra civilizada, y muchas que no, se entrecruzaba con las rutas comerciales, y estas rutas –como la gran Ruta de la Seda de China a Oriente Medio– conformaron límites y civilizaciones con tanta seguridad como lo hiciera cualquier guerra o la religión. Con el tiempo, algunos comerciantes se hicieron a la mar; muchos de los primeros registros escritos son inventarios de las mercancías que iban en las bodegas de los barcos, y la arqueología ha demostrado que ya había barcos mercantes navegando por el Mediterráneo y el mar Rojo a principios del primer milenio a. C. El diseño de los barcos mercantes se revisaba constantemente a medida que se emprendían viajes comerciales más largos, y con el tiempo, las bestias de carga acabaron siendo reemplazadas por convoyes de camiones, pero el comercio sigue rigiéndose por los mismos principios... la necesidad humana de obtener beneficios.