El trabajo empezó con el homo sapiens. Junto con la creación de herramientas, una compleja estructura cerebral y el idioma hablado, la organización del trabajo fue responsable de que la humanidad conquistase la naturaleza y diferenció al ser humano de otros animales. El historiador Karl Wittfogel defiende que los proyectos de riego a gran escala de Mesopotamia y Egipto construidos por trabajadores forzados por el estado trajeron la civilización: la especialización del trabajo, la aparición de clases sociales, el gobierno organizado y la jerarquía cultural.
Dejando a un lado los ejércitos, la principal muestra de poder de un mandatario de la antigüedad era "reclutar" mano de obra para construir obras públicas monumentales. En la construcción de la Gran Pirámide de Gizeh participaron más de 100 000 trabajadores a largo de veinte años, y fueron necesarios muchos más para levantar la Gran Muralla china a lo largo de generaciones. En estos y otros proyectos, la mayoría de los trabajadores eran campesinos al servicio del estado (los esclavos eran demasiado valiosos como para malgastar miles de ellos en construir estas maravillas), y su trabajo era una forma de pagar impuestos. Los romanos idearon nuevas y avanzadas técnicas organizativas para que su mano de obra construyese las infraestructuras del imperio: vías, acueductos, termas, puertos, muelles, faros y recintos para espectáculos, como el Coliseo o el Circo Máximo.
Había distintas formas de mano de obra estatal, pero todas entrañaban el trabajo obligatorio y no remunerado. En la civilización occidental era popular la "corvea", un trabajo intermitente y por periodos limitados en un proyecto concreto y de gran envergadura, que en el Lejano Oriente consistía en trabajar una serie de días al año a petición del señor. Durante el feudalismo destacó la servidumbre, por la cual los campesinos debían trabajar para el "señor de las tierras" en lo que este considerase necesario, incluidas las disparatadas obras de la Iglesia o la monarquía. Posteriormente, con la Revolución Industrial llegaron la servidumbre por deuda y la esclavitud salarial. Las negociaciones colectivas, el salario mínimo, las leyes contra la explotación infantil, los derechos de los presos y la semana laboral de 40 horas han terminado prácticamente con la mano de obra estatal.