El ocio es un elemento esencial de la condición humana. De hecho, la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada por el Consejo General de las Naciones Unidas en diciembre de 1948 considera el disfrute del tiempo libre una necesidad. Las actividades de ocio pueden ser individuales o colectivas, activas o pasivas, estructuradas o improvisadas, saludables o dañinas, privadas o públicas.
Todas las civilizaciones de la antigüedad tenían sus propias actividades recreativas, y sus juegos y deportes solían estar relacionados con la guerra, la caza, las prácticas religiosas y otras actividades inútiles. Platón defendía que el ocio era fundamental para el individuo y la sociedad porque permitía aprender, explorar y experimentar cosas en un entorno "seguro". En la Edad Media, el ocio y el tiempo libre eran un lujo para la gran mayoría. La jornada de trabajo era larga y la Iglesia condenaba casi todas las actividades recreativas (aunque la gente seguía participando a pesar de ello). La situación fue parecida durante el Renacimiento, aunque los ricos tenían tiempo para jugar a las cartas, leer o dedicarse a "aficiones artísticas".
A partir de la Revolución Industrial, la mayoría de la sociedad volvió a disfrutar del tiempo libre y los juegos. Desde 1840 hasta la actualidad, el número de horas anuales dedicadas al trabajo ha descendido de 3000 a 1800 en los países occidentales industrializados. Esto ha sido posible gracias a que los sindicatos y trabajadores consiguieron la reducción de la semana laboral, las vacaciones pagadas, los fines de semana de descanso y muchos otros beneficios para que los trabajadores pudieran dedicar el tiempo libre y los ingresos adicionales a actividades de ocio.