Según los descubrimientos arqueológicos, los primeros vestigios de comercio internacional de la historia se remontan a una colonia mercantil asiria en Kanesh (posterior Kültepe), en la Capadocia, en el siglo XIX a. C. Con la división del mundo en ciudades-estado, repúblicas, reinos e imperios, los pueblos se percataron de que algunas de las cosas que querían estaban más allá de sus fronteras. Como las guerras suelen ser inciertas y no están libres de riesgos, los pueblos decidieron que era más sencillo intercambiar aquello de lo que disponían en abundancia (ya fuesen bienes, servicios o esclavos) por lo que tenían sus vecinos. Con el tiempo se establecieron rutas comerciales, que en algunos casos unían continentes, como la Ruta de la seda, la Ruta del ámbar o la Vía Maris. Este flujo de exportaciones e importaciones impulsó el crecimiento de las civilizaciones.
Inevitablemente, los gobiernos acabaron comprendiendo que las arcas del estado también podían beneficiarse del comercio exterior mediante la recaudación de impuestos por las exportaciones y las importaciones. Como la escasez de un bien podía aumentar su valor (y a la vez sus impuestos), los gobiernos también empezaron a regular la producción, la extracción, el transporte y todos los aspectos del comercio internacional, regulaciones que ya existían en las antiguas sociedades de regiones de Mesopotamia y el Mediterráneo. Esto propició la aparición de unidades de peso y medida estandarizadas, para evitar los engaños de los mercaderes, y de metales escasos como moneda internacional. En China se inventó el papel moneda (un concepto peculiar) para que las transacciones comerciales internacionales se pudieran llevar a cabo de una manera civilizada.
Los economistas han elaborado toda clase de teorías y modelos para entender y explicar el comercio exterior, como el modelo de Adam Smith, el ricardiano, el de Heckscher-Ohlin, el gravitacional, la nueva teoría del comercio o la teoría de Ricardo-Sraffa. Sin embargo, la mayoría de modelos y teorías no tienen en cuenta el principio básico sobre el que se ha construido la civilización: la avaricia.