Mesopotamia es una tierra con una relación complicada con el agua. Entre el desierto seco y el Tigris y el Éufrates, propensos a las inundaciones, los babilonios tuvieron que aprender a controlar los ríos. Y vaya si los controlaron, pues llegaron incluso a canalizarlos a través de palgum (canales a pequeña escala) para regar jardines elaborados. Si bien los Jardines Colgantes de Babilonia no están tan bien documentados como los historiadores quisieran, en Nínive el rey asirio Senaquerib construyó un lujoso jardín abastecido por acueductos y canales intrincados (a menudo, la misma vía fluvial en diferentes puntos, que cruzaba montañas y remontaba cañones) que permitían que árboles exóticos como el ébano y el palo de rosa crecieran dentro del palacio. Estos canales estaban reforzados con grandes bloques de piedra caliza y se controlaban mediante compuertas especiales. El rey estaba muy orgulloso de ellos y mandó inscribir: "sobre profundos barrancos, he tendido un puente de bloques de piedra blanca; y esas aguas hice pasar por él". El grupo étnico yazidí, en Irak, mantuvo esta tradición de construir acueductos y canales elaborados hasta bien entrado el siglo XX.