En cuanto algún jefe consiguió convertirse en rey, los delirios de grandeza no tardaron en llegar; vivir en una cabaña no era digno de tal título. El término es un tanto anacrónico, ya que hoy en día a cualquier cosa se le llama "palacio", incluso a los casinos. Actualmente, la mayoría de los gobernantes viven en edificios ricamente decorados, con nombres como "la Casa Blanca" o "el palacio del gobernador", pero el efecto es el mismo. Los palacios (y sus equivalentes modernos) están diseñados para conseguir tres cosas: proporcionar al dirigente acceso a las comunicaciones y al personal necesarios para gobernar, defender al líder de ataques, e impresionar a súbditos y visitantes extranjeros con la importancia del mandatario y su apabullante arrogancia.