Desde la escritura, ninguna tecnología ha tenido tanto impacto en la civilización como la impresión con tipos móviles. La impresión mediante tipos móviles de madera se había utilizado durante décadas en China, la India y Europa. El sistema de pecias, que se desarrolló a inicios del siglo XIII en las universidades italianas, dio a los libreros un método para producir diversas copias de un libro en un tiempo relativamente corto. Pero los libros seguían siendo caros, y solo se los podía permitir una élite educada.
En el siglo XV, un método más rápido y más barato de reproducir la palabra escrita se convirtió en el "Santo Grial" de los libreros europeos, impulsado por el aumento de la educación y de la alfabetización. Hasta la plebe quería leer la Biblia por sí misma, mientras sus hijos aprendían a leer en las nuevas escuelas que surgieron por todo el continente. En China, en el 1040 d. C., Bi Sheng creó los tipos móviles de porcelana, donde cada palabra se podría colocar en cualquier orden en una bandeja y luego entintar y presionarse sobre un papel, pero resultaron bastante frágiles y costosos. Y los tipos móviles de madera se desgastaban con demasiada rapidez.
Pero fue un alemán –orfebre itinerante y a veces vendedor de libros (y otras profesiones más, en ninguna de las cuales tuvo mucho éxito)– llamado Johannes Gutenberg quien desarrolló los tipos móviles hechos de metal, en los que cada pequeña pieza representaba una letra o signo de puntuación que podía reorganizarse en una bandeja según fuera necesario para componer una página. El tipo de metal, hecho de plomo, era resistente y fácil de moldear y, en caso de desgaste, podía fundirse y utilizarse de nuevo para hacer más tipos. El orfebre fallido también ideó una tinta oleosa que funcionaba bien con los tipos de metal para conseguir una impresión duradera. Gutenberg montó un taller en Mainz y, en 1450, ya se encontraba imprimiendo textos corrientes (posiblemente, gramáticas de latín) e indulgencias de la Iglesia; en 1452 comenzó a trabajar en una versión impresa de la Biblia –la llamada "Biblia de Gutenberg"– que terminó en 1455.
El invento revolucionó el mundo y dio origen a la comunicación en masa. Se extendió rápidamente por toda Europa, pues los libreros ya podían hacer (y vender) un montón de copias. No solo contribuyó a homogeneizar el idioma estandarizado y el conocimiento –aportando números de página, tablas de contenido, índices, la capacidad de citar otras obras y todo tipo de cosas que no eran posibles con los libros copiados a mano– sino que además enseñó a la humanidad a pensar en forma lineal (ya que es la manera en que la gente lee ahora) en lugar de manera integral. Y así desencadenó –o, al menos, auspició– la revolución científica y la Reforma. Por tanto, si la civilización es un desastre, hay que echarle la culpa de ello a Gutenberg.