Si uno mira fijamente el cielo nocturno el tiempo suficiente, descubre la astronomía (o, si no es demasiado brillante, la astrología; pero eso es otro tema). Hasta el Renacimiento, la astronomía como estudio de los objetos del espacio no era ni una ciencia ni algo especialmente erudito; es decir, hasta que Nicolás Copérnico publicó su teoría heliocéntrica del sistema solar en el año 1543. Usando esa nueva maravilla llamada "telescopio", Galileo Galilei defendió, corrigió y amplió la teoría copernicana. Johannes Kepler, una figura clave en la "revolución científica", ideó luego un sistema matemático que detallaba los movimientos planetarios; unas décadas más tarde, Newton calculó la mecánica al desarrollar la dinámica celeste y las leyes de gravedad utilizando el telescopio reflector que él mismo había inventado.
Los avances importantes en astronomía han llegado por lo general con la introducción de nuevas tecnologías que ayudan a poder ver las cosas más grandes, más lejos o en otros espectros cuando se estudia el infinito. Los telescopios, cada vez mejores, permitieron a William Herschel crear un catálogo detallado de nebulosas y cúmulos y "descubrir" el planeta Urano en 1781. El alemán Friedrich Bessel logró medir la distancia a una estrella (61 Cygni) en 1838 por primera vez. El espectroscopio y la fotografía impulsaron los conocimientos astronómicos, sobre todo cuando los científicos se dieron cuenta de que las demás estrellas eran similares al sol en cuanto a composición, solo que con una amplia gama de masas, temperaturas y tamaños.
Pero no fue hasta principios del siglo XX que los astrónomos se dieron cuenta al fin de que nuestro sistema era parte de una galaxia, la "Vía Láctea" y que hay un montón de galaxias más alrededor. Y entre estas galaxias hay todo tipo de cosas exóticas –cuásares, púlsares, blazares, radiogalaxias, agujeros negros, estrellas de neutrones y demás– que se descubrieron con tipos de telescopios esotéricos, e incluso algunos de estos instrumentos orbitan el espacio de la Tierra, donde toda la contaminación creada por el hombre no interfiere con la observación concienzuda del cielo nocturno.