Hasta la revolución industrial, la idea de "fabricación en serie" se limitaba a la cerámica (mediante moldes), a las ballestas chinas con piezas reemplazables y a la "producción en cadena" de libros. Pero, en el Renacimiento, Venecia comenzó la producción en masa de barcos para mantener el control del Mediterráneo en su famoso Arsenal, utilizando piezas prefabricadas y cadenas de montaje que no conocerían igual hasta tres siglos después. En su punto álgido de eficiencia, el Arsenal podía construir un barco en condiciones de navegar en un día y empleaba a unos diez mil trabajadores.
Mientras tanto, la imprenta dio lugar a otro tipo de fabricación en serie: textos estandarizados, que se producían a bajo coste para las masas. Aunque los productos de la imprenta de tipos móviles no eran tan elegantes ni duraderos como los libros copiados a mano, eran baratos y asentaron firmemente la idea de la calidad uniforme (fuera cual fuera su nivel) con independencia de la cantidad. Mientras tanto, se utilizaban moldes para crear productos cerámicos y metálicos en gran número que eran idénticos, y los telares atendidos por cientos de hiladores y tejedores producían prendas de lana estandarizadas en Inglaterra y Francia.
La revolución industrial conllevó la fabricación en serie de casi todo, incluso de cosas que no se habían inventado cuando empezó, a principios del s. XIX.
En 1914, Henry Ford se dio cuenta de que, al poner una línea transportadora sobre la que se movían los automóviles y dar a cada trabajador de la cadena una serie de tareas especializadas que solo hacían ellos, se podía producir coches de forma barata y más eficiente. El tiempo que tardaba en producirse un Modelo T en la fábrica pasó de 728 minutos a 98; que finalmente bajaron hasta un nuevo Modelo T cada 24 minutos. Donde antes la gente estaba encantada de pagar más por un bien fabricado en serie y de calidad uniforme, las cosas hechas a mano han pasado a ser las más valoradas. Eso es progreso...