Aunque el uso del hierro se remonta al 4000 a. C., los hititas fueron los primeros en extraer el mineral, fundirlo y hacer armas... y desencadenar así la Edad de Hierro, alrededor del año 1200 antes de Cristo. En Asia, la forja del hierro se desarrolló más o menos al mismo tiempo; se han descubierto objetos de hierro chinos que datan de alrededor del año 600 a. C. Desde de esos dos lugares, el uso de hierro para hacer armas y herramientas se extendió rápidamente por todo el mundo, excepto en las Américas, donde los nativos seguían pegándose con piedras.
Había dos maneras de trabajar el hierro: forjarlo y fundirlo. El hierro forjado es una aleación semifundida, resistente, maleable, resistente a la corrosión y que se puede soldar. Podía martillarse para darle cualquier tipo de forma y se utilizó ampliamente en toda Europa durante la Edad Media. Además de para fabricar armaduras, armas y herramientas, se utilizó para proteger puertas y ventanas con rejas y barras, e incluso se usó como decoración en las catedrales de Canterbury, de Winchester y de Notre Dame de París. Los franceses incluso lo convirtieron en balcones y pasamanos.
Por el contrario, el hierro fundido se obtiene fundiendo el mineral de hierro y vertiéndolo en moldes; los chinos fueron los primeros en usarlo, sobre todo para hacer vigas y varillas con las que apuntalar sus elaboradas pagodas y otros edificios altos. El hierro fundido también ofrecía puntas de flecha y balas de cañón bastante buenas, como los chinos descubrieron pronto.
En Occidente, el hierro fundido no arraigó hasta alrededor del siglo XV d. C.; al parecer, la técnica recorrió la Ruta de la Seda desde Asia hasta llegar a Europa. Los europeos también descubrieron que el hierro fundido era perfecto para fabricar cañones y mosquetes (y balas para ambos). Durante la revolución industrial, los ingenieros de estructuras descubrieron algunos usos más creativos para el hierro fundido y lo utilizaron para construir puentes y armazones para edificios cada vez más altos.