Se considera que el mundo estuvo listo para la ópera y el ballet cuando la civilización europea empezó a contar con una élite adinerada que disponía de mucho tiempo libre y quería diferenciarse de los ciudadanos vulgares. Alrededor de 1597, Jacopo Peri compuso la primera ópera para un grupo de humanistas florentinos (la Camerata Florentina). En esa misma época, el ballet evolucionó hasta convertirse en una danza elegante en la Italia del Renacimiento y desarrolló sus formas características en Francia. Durante el Barroco, en núcleos culturales como Nápoles, Viena o París, el ballet y la ópera fueron transformándose en artes más refinadas para distinguirse de la música y los bailes del pueblo llano.
A lo largo de la mayor parte del siglo XVIII predominó la llamada "ópera seria", con tramas derivadas de la mitología clásica y papeles principales interpretados por los famosos "castrati". Estas obras, que destacaban por sus letras poéticas, fueron dando paso a otras en las que primaba el virtuosismo vocal (el estilo "bel canto"). Durante la denominada "edad de oro de la ópera", compositores como Verdi y Wagner desarrollaron tradiciones distintivas y nacionales. Tras la Revolución Francesa, la nueva clase media industrial tenía dinero para ir al teatro y "culturizarse". Una ola de romanticismo invadió Europa y la ópera se volvió más accesible para el pueblo. Varias décadas después, gracias al fonógrafo primero y a la radio posteriormente, todo el mundo podía disfrutar de la ópera desde la comodidad (o incomodidad) de su hogar.
En el siglo XVI, Catalina de Médici, esposa de Enrique II de Francia y mecenas de las artes (entre otras cosas), organizaba elegantes espectáculos de baile ("ballet de cour") para los nobles que acudían a los festejos de su corte. Un siglo después, Luis XIV, gran aficionado a la danza, quiso popularizar y estandarizar el ballet y en 1661 contribuyó a la creación de la Académie Royale de Danse en París. En 1681, las representaciones de ballet habían pasado de la corte a los escenarios y algunas obras de la época romántica, como Giselle o La Sílfide, traspasaron fronteras y triunfaron fuera de Francia, sobre todo en la Rusia zarista. Los compositores y coreógrafos rusos crearon grandes obras, como El Cascanueces, El Lago de los Cisnes o La Bella Durmiente, que hasta el ciudadano común podía disfrutar entre guerras y revoluciones.