Contar con un suministro de agua potable y un buen saneamiento ha sido bastante importante para el desarrollo de la civilización, ya que sin ellos la gente puede enfermar e incluso morir, especialmente cuando están hacinados en los cascos urbanos. Los primeros vestigios de saneamiento de una ciudad se han encontrado en las ruinas de los asentamientos de Mohenjo-Daro y de Rakhigarhi, Harappa, en el valle del Indo, alrededor del 2500 a. C. Allí, grupos de casas sacaban agua de un pozo comunal y las aguas residuales (con todo lo que había en ellas) se vaciaban en desagües cubiertos que recorrían las calles.
Las ciudades y villas romanas contaban con mejores sistemas de agua y saneamiento, con alcantarillas de piedra y madera –la famosa Cloaca Máxima en Roma, que desembocaba en el río Tíber– para llevar los residuos lejos de la gente civilizada. Sin embargo, existen pocas evidencias de un saneamiento racional en el resto de Europa hasta finales de la Edad Media; de ahí la peste de Cipriano (probablemente la viruela), la plaga de Justiniano (peste bubónica) y la peste negra. Durante el Renacimiento, las alcantarillas fueron sustituyendo lentamente –debido a los costes– a las fosas, las letrinas y los pozos negros de Europa. Mientras tanto, se cree que la ciudad maya de Palenque ya contaba con acueductos subterráneos e inodoros.
En 1596, sir John Harington publicó su obra "A New Discourse on a Stale Subject " ("Un nuevo discurso sobre un tema estancado") en el que describía el precursor del baño moderno, que se había hecho instalar en su casa, y que incorporaba una válvula de descarga, una cisterna de agua y un medio para limpiar la taza cuando se utilizaba. También instaló uno para su madrina, la reina Isabel I, en el palacio de Richmond, pero esta se negó a usarlo debido al ruido indecoroso que hacía.
Con el inicio de la revolución industrial, del crecimiento urbano y del aumento de ingresos para muchos trabajadores –y la invención del sifón por parte de Alexander Cumming en 1775–, los aseos interiores se convirtieron en una realidad factible. El inventor Joseph Bramah añadió un sistema de válvula flotante a la cisterna y, en 1778, comenzó a instalar inodoros en las casas y empresas de todo Londres, un negocio muy lucrativo, sin lugar a dudas. Muy pronto, todo el mundo quiso uno.