En el siglo X, el califa abasí –gobernante de lo que posiblemente fuera el mayor imperio de sus tiempos– envió un emisario a los búlgaros del Volga (que no deben confundirse con los búlgaros cristianizados que formarían Bulgaria, más al oeste). Eran un pueblo importante en ese momento, pues controlaban las rutas comerciales entre Asia y Europa; y además, siendo musulmanes, eran posibles aliados económicos y políticos de los árabes contra el Imperio bizantino, que todavía era poderoso. El emisario se llamaba Ahmad ibn Fadlan.
Se le asignó la tarea de asegurarse de que los búlgaros recién convertidos fueran instruidos de manera adecuada en la religión, y también de que siguieran siendo aliados del califa. Por su parte, los búlgaros buscaban la ayuda árabe contra los jázaros, otro grupo de jinetes turcos de Asia central.
Sin embargo, el relato de ibn Fadlan es más notable por sus descripciones de los rus, incursores vikingos que –en lugar de navegar hacia el oeste a través del mar del Norte hacia Inglaterra– iban hacia el sur y el este a lo largo del Volga. Estos también eran motivo de preocupación para el califa, ya que los vikingos representaban un riesgo por sus incursiones, pero también eran posibles socios comerciales y mercenarios. Los descendientes de los rus se vieron asimilados por las tradiciones eslavas locales y se convirtieron en parte de los pueblos actuales de Rusia, Bielorrusia y Ucrania.
Lo más llamativo es el relato de ibn Fadlan acerca de un entierro en un drákar. Subieron a un gran hombre a un barco, junto con sus pertenencias más preciadas y un sacrificio humano, su concubina. A esta se le dijo que podría ver el cielo antes de que la mataran, lo que le permitiría vislumbrar al hombre muerto que la esperaba en los campos verdes. Sin embargo, antes de encontrarse con él allí, la estrangularon y apuñalaron, y prendieron fuego al barco.
El relato de ibn Fadlan no es solo un retrato de la sociedad vikinga en la cúspide de su era, sino también una forma de ver las tensas negociaciones políticas y económicas relativas al lugar que debían ocupar los árabes en el mundo. A medida que Roma (Bizancio, ya) entraba en declive y el poder se desplazaba hacia oriente, Ibn Fadlan señaló cómo las rutas comerciales este-oeste y norte-sur se alejaban de Constantinopla, en favor de Bagdad.