Situada a unos 300 km del Báltico, en la confluencia de dos ríos navegables, el Vilnia y el Neris, la ciudad de Vilna se fundó como un puesto comercial en los frondosos bosques de Lituania. La primera mención escrita de la ciudad data de 1323, cuando los judíos alemanes recibieron una invitación del duque Gediminas para trasladarse a la capital del Gran Ducado de Lituania, donde les prometía tolerancia religiosa y oportunidades comerciales. Durante las décadas siguientes, el ducado se expandió bajo el poder del duque y sus hijos hasta llegar a ocupar la mayor parte de las actuales Lituania, Bielorrusia, Ucrania, Transnistria y partes de Polonia y el norte de Rusia. Con la Unión de Lublin en 1569, la ciudad se convirtió en un importante centro mercantil de la Mancomunidad de Polonia y Lituania.
Durante este periodo, Vilna cambió radicalmente y dejó de ser un puerto remoto para transformarse en un centro político y cultural. Las autoridades daban la bienvenida a los inmigrantes, y miles de eslavos, alemanes y judíos se asentaron en la próspera ciudad. En 1579, el rey Esteban Báthory fundó la institución que sería el germen de la universidad de Vilna, la más antigua de los países del Báltico, que no tardaría en convertirse en uno de los centros científicos y culturales más importantes de Europa. Se crearon varios gremios de artistas y artesanos y la ciudad ejerció como principal núcleo comercial entre Escandinavia y el interior de Polonia y el norte de Rusia.
Toda esta prosperidad permitió a sus habitantes disfrutar de un buen nivel de vida (cuando no se estaban enfrentando a los polacos, suecos, rusos o alemanes). Aunque se la considera una ciudad "barroca", la arquitectura del casco antiguo de Vilna (declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994) mezcla distintos estilos como el gótico, el renacentista o el neoclásico. La ciudad cuenta con una gran variedad de museos y monumentos; la Torre de Gediminas, la Plaza de la Catedral, el Palacio de los Grandes Duques, la Casa de los Signatarios y varios museos y bibliotecas nacionales han sobrevivido a múltiples ocupaciones enemigas y siguen formando parte del patrimonio de un país que consiguió su independencia en 1990.