El asentamiento de Mohenjo-Daro, construido hacia el año 2500 a. C., era uno de los mayores de la civilización del valle del Indo y el centro de una próspera cultura que abarcaba el norte de la India y Pakistán. Mientras los egipcios construían pirámides para sus faraones y los minoicos saltaban sobre toros para entretenerse, los 40 000 habitantes de Mohenjo-Daro construyeron impresionantes estructuras de ladrillo refractario unido con mortero: baños públicos, un mercado central con un pozo, espaciosas viviendas, un granero (con conductos de ventilación para secar los cereales), la "sala de las columnas" para las asambleas y la "casa de los sacerdotes", una residencia religiosa con 78 habitaciones.
En las excavaciones de Mohenjo-Daro, tanto los arqueólogos como los ladrones han encontrado multitud de artefactos y obras de arte fascinantes: estatuas con figuras sentadas y de pie, herramientas de cobre, sellos oficiales, joyas de oro y jaspe, balanzas, juguetes, pesas para el comercio y muebles. Destacan la estatuilla de bronce de la "bailarina", el sello de Pashupati y un collar de siete vueltas con más de 4500 años de antigüedad. La ciudad tuvo que ser un sitio agradable para vivir.
Aunque no había murallas exteriores, sí contaba con torres de vigilancia al este y puestos defensivos al sur, que de poco servían cuando la furia de los dioses desataba la fuerza de la naturaleza. El desbordamiento del río Indo provocaba grandes inundaciones en la región; Mohenjo-Daro fue destruida y reconstruida sobre sus propias ruinas al menos siete veces para volver a ser la ciudad más sofisticada del mundo.
Pero todo lo bueno llega a su fin. Cuando hacia el año 1900 a. C. la civilización de Harappa alcanzó su repentina decadencia (de manera inexplicable, aunque los historiadores barajan distintas teorías), Mohenjo-Daro comenzó a quedar abandonada. Casi cuatro milenios después, en 1920, el historiador indio Rakhaldas Banerji encontró en la zona un antiguo raspador de pedernal y descubrió las ruinas.