Hace mucho tiempo, los hombres primitivos utilizaban las plataformas en alta mar para la pesca, la recolección de algas o la de conchas. Pero cuando la civilización descubrió todas las aplicaciones del petróleo, estas plataformas se convirtieron en enormes construcciones ancladas en aguas profundas para extraer el crudo que se encuentra bajo el lecho marino. La primera perforación submarina de petróleo se realizó en una plataforma sobre pilotes en el agua dulce del lago de St. Mary, Ohio, en 1891. La primera plataforma petrolífera de verdad en alta mar se levantó en 1896 en el campo de Summerland, frente a la costa de California, cerca de Santa Bárbara. Muy pronto, este tipo de plataformas fueron brotando como champiñones frente a las costas de Texas y Luisiana en la década de 1910, en el mar Caspio –cerca de Azerbaiyán– en la década de 1920, en el Golfo Pérsico, en el mar del Norte, en las cuencas de Campos y Santos de Brasil y en cualquier otro lugar sobre el que las compañías petroleras hubieran puesto sus miras. Los oleoductos submarinos resolvieron al fin el problema de llevar el petróleo a tierra de manera barata. Aunque las plataformas petrolíferas son caras y, de vez en cuando, una se hunde o tiene fugas, los beneficios son mayores que los costos... al menos a corto plazo.