Una cita popular de lord Edward Thurlow afirma: "Las corporaciones no tienen cuerpos que castigar ni almas que condenar; por lo tanto, hacen lo que les place". La corporación actual se remonta a las grandes empresas comerciales de los siglos XVI a XIX. Ante las incertidumbres del comercio oceánico transcontinental, era necesario hacer algo más grande para sobrevivir a la posible muerte tanto del barco como del propietario. Las compañías comerciales reformaron el mundo, y las mercancías fluyeron por todo él, pero al final, estas empresas también fueron víctimas de su propia riqueza y aumentó la inestabilidad mundial (en parte debido a la acción de dichas compañías), lo que hizo que las rutas comerciales fueran más arriesgadas, los costes aumentaran junto con la corrupción y la mala gestión y, al final, los imperios patrios cogieran el timón y el colonialismo adoptara una forma más directa e invasiva. Pero sigue con nosotros el modelo de la corporación y su utilidad para crear una persona jurídica artificial e imaginaria que separa a las personas del posible riesgo (y la responsabilidad).