En las estribaciones de los Himalayas que se encuentran en la actual Birmania, Laos y los países vecinos, los reinos locales a menudo dividían a los pueblos en dos categorías: de las colinas y del valle. Los pueblos del valle (shan, tailandeses, birmanos o laosianos) cultivaban arroz, eran budistas y estaban gobernados por el rey. Pero los pueblos de los altiplanos -akha, miao, mien o kachin- eran animistas, cultivaban raíces y vivían bajo su propia ley, en gran parte igualitaria. Estas divisiones marcaron el mundo político, religioso y económico, pero también fueron permeables. Los habitantes de las tierras bajas que huían de un rey represivo podían acabar en las colinas, mientras que los montañeses bajaban, atraídos por la vida urbana.
A veces, estas relaciones eran pacíficas y dichos grupos comerciaban de manera abierta: sal y plata de las colinas por productos manufacturados de las tierras bajas. Pero la paz era frágil. Los estados de los valles asaltaban a los grupos de los altiplanos (algo que atestigua el hecho de que la palabra laosiana para gente de las tierras altas -kha- fuera sinónimo de "esclavo") o los montañeses decidían que no querían comerciar más para conseguir artículos de las tierras bajas y hacían incursiones para llevarse lo que querían. Algunos grupos de las tierras altas se ganaron una reputación temible. Los wa de Birmania, por ejemplo, tenían las cabezas de los enemigos clavadas en postes fuera de las aldeas, no solo para mostrar la destreza de los guerreros wa, sino también para atar a los espíritus de los muertos –según dicen– para proteger la aldea. Con el tiempo, estos grupos de las colinas se convirtieron en actores políticos por derecho propio, ya que se vieron cortejados, en diferentes momentos, por las fuerzas británicas (en el periodo colonial) y las estadounidenses (durante la Guerra Fría).