Durante su apogeo entre los siglos XII y XV, los gremios de artesanos y mercaderes medievales fomentaron una economía estable y productiva, apoyaron la beneficencia y las reformas sociales, y financiaron la construcción de calzadas, escuelas e iglesias. Además, hicieron posible la transición del feudalismo al capitalismo. Aun así, su conservadurismo, su exclusividad, sus prácticas monopolísticas y sus interferencias en la política acabaron menguando sus beneficios hasta provocar su disolución. Cuando Francia (1791), España (1840), Alemania (1859) e Italia (1864) promulgaron decretos para abolir las asociaciones de artesanos, ya hacía tiempo que la autoridad de los gremios había entrado en declive.
Los precedentes de los gremios de comerciantes se remontan al siglo III a. C. en Roma y en la China de la dinastía Han. A principios de la Edad Media, casi todas las organizaciones romanas de artesanos (collegia), que a menudo se transformaban en cofradías cristianas, habían desaparecido (excepto las de canteros y vidrieros, que trabajaban en la construcción de iglesias). Las collegia sobrevivieron en el Imperio bizantino y estaban muy presentes en el orden social de la capital. El famoso Libro del prefecto (cerca del año 900 d. C.) describe la compleja estructura de los gremios, cuyo principal objetivo era imponer un control exhaustivo del comercio y la artesanía de Bizancio. Este mismo concepto del control de la calidad, la cantidad y el precio se propagó a Italia en el siglo X y por toda Europa en el siglo XI.
Los gremios medievales se solían establecer mediante actas o patentes emitidas por el órgano de gobierno de las ciudades o pueblos que conferían el monopolio en la producción o comercialización de un bien o servicio en esa localidad. El mandatario recibía un diezmo, el gremio fijaba los estándares y los precios... y todos contentos (los consumidores quizá no tanto). Registros del siglo XII de París y Londres listan más de 100 gremios autorizados por esas ciudades. En algunos casos llegaron a ser tan importantes que se convirtieron en el órgano de gobierno de las ciudades, como indican las casas de germanía alemanas, suizas y holandesas. La corrupción y las nuevas tecnologías provocaron la desaparición de los gremios.