La humanidad ha librado batallas en los mares desde hace casi tres mil años. La primera de la que se tiene constancia sucedió alrededor del año 1210 a. C., cuando Suppiluliuma de los hititas derrotó a una flota chipriota y quemó sus navíos mercantes. Ese fue el comienzo de una larga tradición naval de batallas marítimas y saqueos del comercio por mar.
Obviamente, las civilizaciones con una amplia línea de costa y muchas islas suelen (aunque no siempre) desarrollar la tradición de teñir los mares de rojo más rápido que sus desafortunados vecinos. Las galeras de Cartago y la antigua Grecia dominaban un mar Mediterráneo en el que los barcos enemigos realizaban abordajes y embestidas entre ellos (en definitiva, se mataban a golpes igual que los ejércitos en tierra). En la antigua China predominaban los combates entre las embarcaciones llamadas juncos, aunque su primera fuerza naval permanente fue la de la dinastía Song en el siglo XII. La dinastía Chola de la India medieval contaba con la mayor potencia naval de la época en la región.
Durante la Edad Media, algunos reinos europeos contaban con una fuerte tradición naval: los vikingos, los ingleses, los holandeses, los españoles y los portugueses. Con la ayuda de sus flotas, los europeos "descubrirían" tierras lejanas y masacrarían a los indígenas para asentarse en ellas. Las cocas, las carabelas y las carracas, que dejaron obsoletos a los barcos de remos, eran capaces de atravesar océanos. No es de extrañar que en el Renacimiento estas potencias navales creasen grandes imperios comerciales marítimos.
Con la pólvora, las batallas marítimas cambiaron para siempre. Ya no era necesario maniobrar para que la proa del barco embistiese a otro navío y la tripulación lo abordase, ahora había que maniobrar la embarcación para que descargase una andanada sobre el enemigo. Este cambio favoreció a las naciones que ya contaban con una fuerte tradición naval.