La idea del derecho divino apareció como una ley imperial fusionada con las religiones mundiales. Los bizantinos basaron su derecho a gobernar en la Biblia, en concreto en el capítulo 13 de la Epístola del apóstol San Pablo a los romanos: "Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten acarrean condenación para sí mismos". Los gobernantes árabes también se abrogaron un mandato celestial, y los indios compitieron por ver quién era el "cakkavatin", el gobernante divino.
Aunque en otras épocas y lugares algunos reyes aseguraban ser descendientes de seres divinos (o incluso ser dioses), durante los primeros años de la Europa cristiana se asentó la idea de que los merovingios ostentaban el poder por voluntad de Dios y estaban bendecidos. Por lo tanto, cuando Carlomagno fue coronado por el papa en el 800 d. C., no se produjo una concesión de autoridad sino la simple confirmación de algo que ya existía, su derecho divino a gobernar. El fundamento de la autoridad real era espiritual (aunque disponer de un gran ejército también ayudaba).
Esta filosofía (o teología) fue muy popular entre los reyes durante siglos. En 1597, Jacobo VI de Escocia escribió el Basilikon Doron, un manual sobre el poder de los reyes en preparación a su ascenso al trono de Inglaterra, en el que decía: "El estado de la monarquía es el bien supremo sobre la Tierra, puesto que los reyes no solo son los lugartenientes de Dios sobre la Tierra y se sientan en el trono de Dios". En el siglo XVIII, los mandatarios empezaron a consolidar su poder de un modo más seglar y a tender hacia el absolutismo. Con el Protestantismo, el derecho divino comenzó a cuestionarse. La Revolución de Estados Unidos, la Revolución Francesa y el afán de Napoleón por derrocar reyes despojaron a la doctrina de la escasa credibilidad que conservaba.