Con la expansión del comercio exterior y el auge de la artesanía, surgió en la Baja Edad Media una nueva clase de mercado. La "ciudad de mercado", un elemento del feudalismo europeo, surgía cuando un señor otorgaba a una ciudad el derecho a establecer un mercado permanente. Otros pueblos, aldeas e incluso barrios de las ciudades empezaron a organizar ferias mercantiles. Durante las ferias, los artesanos y mercaderes ambulantes se congregaban en un sitio específico para vender sus mercancías. Con el tiempo, a ellos se unieron, entre otros, artistas, médicos, abogados o recaudadores de impuestos. Las ferias duraban de uno a tres días, solían coincidir con la festividad de un santo y se ubicaban normalmente en los recintos de iglesias o abadías. No así en Inglaterra, donde esta práctica avariciosa se consideraba sacrílega (la escena evangélica de la expulsión de los mercaderes del templo) y estaba prohibida por el Estatuto de Winchester aprobado en 1285 durante el reinado de Eduardo I.
La nobleza fomentó la celebración de estas ferias porque los mercaderes tenían que pagar para montar sus puestos y casetas, además de pagar un impuesto al rey. Todos salían ganando: el monarca y los nobles obtenían dinero, los mercaderes beneficios y los habitantes de los pueblos y ciudades, nuevos artículos, ideas y noticias.
A lo largo de las décadas, muchas de estas ferias se establecían mediante un acta real, siendo la más antigua de 1199. Existen muchas referencias en documentos eclesiásticos y gubernamentales de ferias "preceptivas", aquellas que no tenían acta y se celebraban por costumbre. Algunas de las ferias más antiguas, sobre todo las de núcleos urbanos, eran preceptivas a pesar de llevar más de un siglo celebrándose. Es el caso de la de Maldon (Inglaterra), que aparece por primera vez en escritos en 1287 aunque sus orígenes se remontan al año 916.