En una monarquía, la soberanía reside en una sola persona –un rey, una reina, un príncipe, etc.– que pertenece a un solo linaje (normalmente, con atributos divinos) y que gobierna hasta que abdica o fallece (o, en el caso de una revolución, ambas cosas). Su sucesor casi siempre recibe el poder por vía hereditaria y normalmente es el siguiente en la línea sucesoria. A lo largo de la historia, han existido distintos tipos de monarquías: los reyes jemeres atribuían sus orígenes a la unión de un rey brahmán y una reina de los nagas (criaturas mitológicas con forma de serpiente) y los monarcas mayapajit afirmaban descender de los dioses hindúes. Hay distintos tipos de monarquías y también de monarcas. En las absolutas, el poder del monarca no tiene limitaciones (el caso del káiser alemán). En las monarquías constitucionales (la reina británica), el poder del monarca está sujeto a las leyes (por ejemplo, no puede decir "que le corten la cabeza" sin juicio previo). En una monarquía electiva, el monarca es elegido tras una convocatoria especial (como en el Sacro Imperio romano).
Cuando los monarcas actúan con inteligencia, como Isabel I, Federico el Grande o Qin Shi Huang, las monarquías absolutistas suelen dar buenos resultados; cuando no lo hacen, los países tienden a estancarse; y los que lo hacen realmente mal acaban siendo víctimas de revoluciones: Carlos I, Luis XVI, el zar Nicolás II... la lista es larga. Las monarquías constitucionales suelen ser más estables, y muchas empezaron como monarquías electivas. Casi todas las monarquías vigentes son constitucionales o parlamentarias, en las que el monarca tiene un cometido simbólico, tradicional, patriótico y propagandístico. Esto no quiere decir que no desempeñe un papel importante o influyente: solo hay que mirar el caso de la reina de Inglaterra o el emperador de Japón. Hay otros monarcas (como los de Tailandia, Suazilandia y Bután) que ejercen un poco más de control.