La historia de Beowulf se escribió en inglés antiguo alrededor del año 1000 d. C., lo que la convierte en una de las primeras obras que nos han llegado en ese idioma. Beowulf es un héroe de los gautas, un pueblo que habitó parte de lo que hoy es Suecia. Llega a la casa de Hroðgar, rey de los daneses, cuyas tierras está atacando un monstruo llamado Grendel, una bestia antropófaga quizá relacionada temáticamente con los troles de los mitos escandinavos, pero a quien el poema identifica como un descendiente maldito del Caín bíblico.
Beowulf tiende una trampa a Grendel. Finge dormir en la casa, tal como han hecho las víctimas del monstruo. Esa noche, entra arrastrándose una niebla fría y, con ella, el monstruo. Beowulf deja las armas, pues quiere medir sus fuerzas contra la bestia de igual a igual. Los dos forcejean y, tras una lucha encarnizada, Beowulf le arranca un brazo a Grendel solo con las manos. El trol, herido de muerte, regresa cojeando a su hogar. Allí, su madre, una bruja del pantano, recibe a un Grendel moribundo y monta en cólera, con lo que Beowulf debe luchar de nuevo.
Beowulf regresa triunfal a la tierra de los gautas, donde gobierna durante muchos años, pero despierta a un mal nuevo y más mortal aún. Un dragón surge de su guarida y prende fuego a los campos con su aliento. Beowulf, tan orgulloso como siempre, insiste en luchar solo contra la bestia, pero un joven guerrero (Wiglaf), al ver que el viejo rey va a morir, lo desobedece y permanece al lado de este. En la lucha, matan al dragón, pero este muerde a Beowulf con sus colmillos venenosos y el rey muere. Wiglaf lo entierra en un túmulo alto, a orillas del mar.
Beowulf no siempre tuvo la consideración de clásico que tiene en la actualidad. Nada menos que J. R. R. Tolkien defendió que el poema se tomara en serio, como una epopeya y no simplemente como un cuento popular. Conlleva un elogio a la fuerza de un guerrero y admoniciones contra el orgullo: tanto el de Hroðgar por sus riquezas como el de Beowulf por su poder. Históricamente, Beowulf es el producto de un momento en el tiempo en que una población que se había cristianizado de manera nominal luchó contra su pasado pagano y sigue siendo también un símbolo del legado escandinavo de Inglaterra.