A principios del siglo XX, comenzó a afianzarse un nuevo género de ciencia ficción y fantasía, sobre todo en los Estados Unidos y el Reino Unido. Los horrores de la Primera Guerra Mundial habían demostrado la posibilidad de que esa nueva era científica fuera también inhumana, y que el universo que abrían la exploración y la investigación científica podía ser ajeno por completo a la humanidad y sus esperanzas y sueños. Además, para los ciudadanos de los países colonizadores, una creciente conciencia de que el mundo colonizado podría levantarse contra ellos se prestó a una especie de aislacionismo, algo que contribuyó al racismo virulento de aquella época. Los mundos especulativos que surgieron de la ficción de autores como Arthur Machen, H. P. Lovecraft y otros no eran ni las historias con moralina góticas ni las heroicas narraciones de exploración del siglo XIX, sino algo más inquietante, una nueva "ficción extraña".
Una realidad extraña es aquella en la que los poderes que conforman el mundo son por completo indiferentes e incluso hostiles hacia la humanidad. Si bien su falta de atención nos permite existir en el mundo, pueden persistir rastros de ellos en lugares olvidados, ciudades hundidas o en los espacios entre las estrellas; o es posible que los avances de la ciencia los descubran. En la ficción extraña, el mundo es un sitio al que no pertenecemos y solo los locos buscan las cosas que hacen que el mundo funcione.