Es difícil imaginar el terror de ficción sin evocar a Drácula. Al escribir su historia del solitario conde chupasangre encerrado en un castillo de Transilvania, Bram Stoker recurrió a historias de hadas irlandesas, cuentos populares rumanos y una gran cantidad de ansiedad del norte de Europa en relación al continente. Al escribir sobre vampiros, también bebió de un cuerpo literario y folclórico más próximo, tras la estela de autores góticos como Le Fanu, Lord Byron y James Rymer, cuyos vampiros eran cuentos admonitorios sobre las amistades y las obsesiones menos saludables. En estos, los vampiros son una especie de pináculo de la literatura gótica que aúna decadencia moral, castillos tenebrosos y una élite decadente y corrupta. Aquí, el Pacto de sangre busca representar ese tipo de hermandad oscura inspirada en Stoker.
El mito del vampiro en Grecia, Turquía y Rumanía tiene su origen en el regreso de un pariente muerto –en especial, la víctima de un suicidio o de una epidemia– para atormentar a los miembros vivos de la familia. A diferencia del vampiro gótico romántico (y del romanticismo), el perteneciente al folclore parece más bien un cadáver reciente que un misterioso noble nocturno. Es más una reflexión sobre el dolor y el duelo y las formas en que un ser querido muerto puede rondarnos, sobre todo cuando fallece demasiado pronto. Sin embargo, al igual que el conde, te puedes librar de un ser así con el método tradicional de la estaca y la cruz. Mientras que el vampiro moderno se basa en el sudeste de Europa, otras regiones tienen sus propios regresados sangrientos: el jiangshi chino, el phi pop tailandés, el draugur nórdico o el mito de Lilith en el folclore judío.