Antes de la época moderna, la criptografía era, principalmente, un tema de cifrado. A menudo, una sencilla transposición o un código de sustitución que convertían un mensaje en un galimatías si no se contaba con la clave. Como un juego para niños inteligentes. Sin embargo, en la Segunda Guerra Mundial, la criptografía ya se había convertido en un asunto de teoría matemática y de ciencias de la computación, algo bastante menos infantil. Los algoritmos criptográficos se diseñaban basándose en hipótesis computacionales y en la factorización de enteros. Durante la Segunda Guerra Mundial, en las instalaciones de Bletchley Park, en Inglaterra, las investigaciones desembocaron en Colossus –el primer ordenador electrónico digital programable de la civilización–, creado para descifrar el código Lorenz. Ahora, los países, las corporaciones y los piratas dedican enormes cantidades de tiempo de computación y de análisis a los criptosistemas... tanto a crearlos como a descifrarlos.