Los castillos (del latín "castellum") están diseñados para proteger a personas importantes (y quizá a sus sirvientes) del enemigo. Rodeados a veces de fosos y promontorios, con empalizadas, baluartes, murallas y un torreón en el que se encontraban las estancias más protegidas, los grandes castillos eran el último refugio en épocas tumultuosas. Desde lo alto de las torres y las murallas, las fuerzas del castillo se defendían de los atacantes... que, si eran inteligentes, solo tenían que asediarlo y esperar hasta que sus ocupantes comenzasen a pasar hambre y se rindiesen. Los historiadores no saben con certeza cuándo surgieron los castillos tal y como los conocemos, pero la mayoría atribuye su desarrollo a una evolución de las murallas que rodeaban las casas de los nobles para protegerse de los magiares, los musulmanes y los vikingos en los siglos IX y X. Varias técnicas de ingeniería romana se adaptaron para hacer estas fortificaciones tan inexpugnables como fuese posible. Con el tiempo, la realeza pensó que también necesitaría castillos en las ciudades por si se sublevaban los campesinos. La idea dio resultado hasta que los campesinos consiguieron pólvora.