La Alhambra fue en sus orígenes una pequeña fortaleza construida en el 889 por los musulmanes de Granada. En el siglo XI fue reconstruida y ampliada por el emir Muhammad ibn Al-Ahmar (Muhammad I), y en 1333, el sultán Yusuf I volvió a realizar una ampliación para transformarla en palacio real. La Alhambra, que recibe este nombre por la arcilla roja de sus murallas (en árabe, Al-Hamra significa "la roja"), era fastuosa según los cánones europeos de la época y contaba con toda clase de comodidades, incluido un sistema interno de cañerías. Se integraba en la belleza natural del entorno gracias a estructuras y jardines diseñados por los mejores artesanos musulmanes, judíos e incluso cristianos de la región. Entre sus elementos más llamativos destacan las columnas y paredes interiores talladas en escritura árabe con poemas y versos del Corán. El último sultán de la dinastía nazarí, Muhammad XII, más conocido como Boabdil, entregó Granada a los Reyes Católicos y la Alhambra no fue atacada en el proceso, evitando así que pasase a la historia como un montón de escombros y recuerdos lujosos.