No hay nada –al menos, hasta que los tanques lo estropearon todo– más emocionante y efectivo que una carga de caballería pesada. Por desgracia, no sucedían muy a menudo. Las batallas rara vez se disputaban en terrenos lisos, secos y despejados, aptos para esa estampa tan vistosa. De hecho, a finales del siglo XIV, la mayoría de los caballeros desmontaban para combatir, y los valiosos caballos de combate eran llevados a la retaguardia; excepto los franceses, y mira lo que pasó en Crécy, en Poitiers y en Agincourt. Cuando la caballería llegaba a cargar hasta el enemigo, el impacto del contacto podía acabar con las posiciones defensivas, incluso las protegidas por construcciones improvisadas. Pero con la llegada de las ametralladoras, el alambre de espinos y las minas, las gloriosas cargas de caballería llegaron a su fin.